viernes, 16 de abril de 2010

Conventillos y cités capitalinos: escenario de hacinamiento y pobreza

Según el decano de Arquitectura de la Universidad Católica (UC), José Rosas, "de alguna manera se vuelve a reproducir el fenómeno del antiguo conventillo, con una diferencia más grave todavía, que eso no está resuelto en horizontal, sino en vertical, son edificios de 2 o 3 plantas o a veces edificios de departamentos en el centro".

En el portal Fernández Concha, frente a la Municipalidad de Santiago, en plena Plaza de Armas, señoriales casonas en el casco antiguo o la llamada 'Pequeña Lima' en Independencia, ocultan tras sus coloridas fachadas una dura realidad, que muestra su cara más triste cuando los televisores, las radios y los hervidores conectados en cada uno de los espacios, terminan recalentando el sistema eléctrico.

El capitán Juan Luis Subercaseux, del Cuerpo de Bomberos de Santiago, afirmó que estos "son los inmuebles con alto riesgo de incendios de proporciones y de más concurrencia a los que se asiste".

Una consecuencia de la escasez de viviendas, frente a la masiva llegada durante los últimos años de peruanos, colombianos y ecuatorianos.

Esta presión la ciudad ya la conoció a principios del siglo pasado. Primero, la migración campo-ciudad y luego, el colapso de las salitreras en el norte detonó la sobrepoblación de Santiago, naciendo así los conventillos y su versión más precaria: los cuartos redondos.

"Un nombre muy curioso que habla de piezas que no tenían ventanas. Un pasillo con piezas, donde se comía, se dormía, sin ventilación, causa en gran parte de la mortalidad infantil que era horrible en Chile en esos años", explicó el director nacional del Colegio de Arquitectos, Patricio Gross.

El problema de la vivienda popular urbana

A fines del siglo XIX se inició un lento e imparable movimiento demográfico que llevó a miles de familias campesinas a trasladarse a la periferia de Santiago en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida. La pequeña ciudad que era Santiago en 1850 se transformó en las primeras décadas de siglo XX en una urbe de más de medio millón de habitantes con extensos barrios marginales.

Las nuevas barriadas que se extendían en la periferia de Santiago y otras ciudades del país presentaban condiciones de vivienda, seguridad y salubridad deplorables, en un cuadro de miseria general que era abrumador. Excluidos de los servicios públicos como fruto de una política municipal que no los consideraba parte de la ciudad, la miseria de los barrios marginales contrastaba con la opulencia de las mansiones de la aristocracia local.

El espacio urbano periférico comúnmente era loteado por empresarios que construían conventillos o rancheríos y luego los alquilaban a familias pobres. Los conventillos se convirtieron en el centro de la polémica cuestión social. El hacinamiento, la falta de agua potable y alcantarillado, así como la precariedad de la construcción, fueron factores que ayudaron a la propagación de enfermedades infecciosas y a una forma de vida que era considerada como inmoral por la elite dirigente.

La vida cotidiana en los conventillos estaba marcada por la marginalidad, pero también por la convivencia con otras familias en un estrecho espacio arquitectónico, lo que generaba roces entre vecinos pero también formas de solidaridad que ayudaban a sobrevivir la pobreza.

Ante los problemas sanitarios que generaban los conventillos y las difíciles condiciones de vida de sus habitantes, en 1906 se promulgó la Ley de Habitaciones Obreras. Ésta creó los Consejos de Habitaciones para Obreros, cuya función era favorecer la construcción de viviendas higiénicas y baratas destinadas a la clase proletaria y ordenar la destrucción de las viviendas que fueran declaradas insalubres o inhabitables. La demolición de miles de conventillos que llevaron a cabo los Consejos de Habitaciones para Obreros en los años siguientes agravó los problemas habitacionales, puesto que el ritmo de construcción de nuevas viviendas fue mucho menor.

Las autoridades de la época intentaron enfrentar el problema del déficit habitacional, provocado reemplazando ley de 1906 por la Ley de Habitaciones Baratas, de 1925, que entregaba mayores incentivos para la construcción de viviendas nuevas. En los años siguientes los conventillos, que habían sido el espacio más habitual del pobre urbano, comenzaron a ser demolidos. En su reemplazo comenzaron a florecer los ranchos de madera que fueron creciendo de en los arrabales de la ciudad de manera inorgánica, formando un cinturón de miseria.

A mediados del siglo XX el tema de la vivienda popular volvió a vivir un momento crítico, debido al importante incremento que tuvo la migración campo ciudad. Estos nuevos habitantes, procedentes del mundo rural, se fueron ganando espacios en la sociedad urbana, a medida que las familias se iban arraigando en sus espacios.

A partir de la década de 1960 tomaron forma nuevas políticas gubernamentales que permitieron el progresivo reemplazo de los rancheríos por soluciones habitacionales de mayor calidad. Este esfuerzo prolongado ha permitido, en fechas recientes, reducir el déficit habitacional a un mínimo, e iniciar un proceso actualmente en curso que busca poner un énfasis en la calidad de las viviendas, más que en la cantidad.

Fuente: http://www.memoriaeduca.cl:90/index.php?option=com_content&task=view&id=83&Itemid=130

Conventilos y Cités de Santiago: ¿hemos superado la "cuestion social"?

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